Estaba esperando a alguien para ir a comer, como pensé que llegaba tarde había dejado el libro ( que siempre llevo cual salvavidas en el bolso en el despacho), así que me entretenía mirando a los pies de los transeúntes, un juego que practico de cuando en cuando, empiezo por los pies, imagino sus gestos y cómo pueden ser y acabo mirándoles el aspecto...alguien dijo en una peli de gansters ( no recuerdo cúal, cachis) que la manera de conocer a un hombre era mirarle a su calzado ( y no estoy hablando sólo de viejos y nuevos y cosas así, muchos me entenderán).
Andaba yo con mis cábalas y mis adivinanzas cuando un grupo de extranjeros sesenteros de mejillas coloradas, dos parejas, reclamaron mi atención para hacerles una foto ( ellos no saben que en un caso así me fotografié la oreja al colocar erróneamente la cámara), y les retraté felices. Entonces pensé que sería una sorpresa tremenda recibir un día por correo postal un sobre que contuviese todas las fotos que hemos ayudado a hacer en nuestra vida a gente desconocida, seguro que también sería un álbum para nosotros, pero uno de recuerdos, en cada foto intentaríamos recordar nuestras circunstancias, en lugar donde estábamos, que hicimos luego, a quien fuimos a ver....


El viaje ya empieza en la oficina donde compro los billetes. Entro por la puerta, un cartel gigante dice "Iberia" ( se pueden decir marcas?), y la luz y la sala en sí ya me parecen que pertenecen al mega-espacio que luego sentiré el día x del vuelo, en el aeropuerto. Todo muy blanco y todo como nuevo pero antiguo, algo hay en ese lugar, las cortinas a tablitas que sé yo, que me hace entrar en los 70.